Marcela, cuéntanos: ¿cómo era tu relación con la tecnología antes?
La verdad, me daba pánico. Pensaba que si apretaba algo mal iba a echar a perder el computador. Mis hijos me decían “mamá, es muy fácil”, pero a mí me daba vergüenza preguntar una y otra vez.
Y de la inteligencia artificial ni hablar. Yo creía que eso era para ingenieros o para gente joven.
¿Qué te hizo animarte a tomar un curso?
Una amiga del barrio me comentó que había hecho la asesoría gratuita y que la trataron con mucha paciencia. Dije: “bueno, si es gratis y sin compromiso, voy a probar”. Me llamaron, me hicieron preguntas simples y me recomendaron el curso para partir desde cero.
¿Cómo fueron las primeras clases?
Lo primero que me sorprendió fue que nadie me apuraba. La profesora repetía todo las veces que hiciera falta y explicaba con palabras de la casa, nada de términos raros. En la tercera clase ya le estaba preguntando cosas a la IA, y me respondía como si conversara conmigo.
¿Qué cambió en tu vida diaria?
Muchas cosas, y todas buenas. Ahora hablo por videollamada con mi hermana que vive en el sur y veo a mis nietos cada domingo. Agendo mis horas en el consultorio desde el celular, sin hacer fila.
En el trabajo, uso la IA para redactar correos y ordenar mis planillas. Lo que antes me tomaba una tarde, ahora lo hago en media hora. Y en la casa le pido ideas de recetas con lo que tengo en el refrigerador.
¿Qué le dirías a alguien que siente el mismo miedo que tú tenías?
Que se atreva. Que nadie nace sabiendo y que no hay edad para aprender. Lo difícil es dar el primer paso; después uno se da cuenta de que era mucho más simple de lo que pensaba.
Hoy, la verdad, ya no me imagino mi vida sin esto.
“Ya no me imagino mi vida sin esto.”